Un poquito de sol
Los primeros
rayos de sol que se colaban por los cristales, eran lo que Davor deseaba sentir
en su piel. Esa calidez matutina animaba sus ansias de libertad, aunque fuera
un poco. Pero acercarse a la ventana, era toda una odisea para él.
Su cuerpo
entumecido y anclado a esa silla, pesaba a ratos como el acero. Intentó un leve
movimiento, pero solo consiguió un ligero temblor en sus manos, un gesto
inútil. Y nadie había ingresado aún a su habitación como para ayudarlo.
“Qué lástima.
Si no vienen pronto a moverme, el sol huirá de mí, y no podré sentirlo en mi
piel” se lamentó Davor, observando cómo pasaba el tiempo y la luz se alejaba de
él. Su ansiedad crecía, al recordar su infancia recorriendo el patio, tapizado
de luz y sombras, en un mosaico dibujado por los árboles que sus padres solían
cuidar. Pero ahora, prisionero de su cuerpo y sus circunstancias, solo anhelaba
un poquito de aquella luz que iluminó largos pasajes de su vida.
De pronto,
el chillido agudo de la puerta al abrirse, lo sobresaltó. Su cuidadora, una
mujer gorda y de robustos brazos irrumpió en la habitación devolviéndolo
bruscamente al presente. Sin previo aviso, se agachó y levantó a Davor para
sentarlo en la otra silla, la de ruedas, aquella que le daba algo más de
libertad. Lo soltó en ella con un movimiento rutinario, lista para llevárselo
al comedor.
Sin embargo,
Davor no quería ir a ese lugar oscuro y sin ventanas. No le importaba
aguantarse el hambre, con tal de sentir, aunque fuera por un instante, un poquito
de sol en su piel. “¿Qué más puedo perder? Solo me queda esto.”
Con un
impulso desesperado, y la poca fuerza que aún quedaba en sus brazos delgados,
estalló la inmovilidad de la silla y se precipitó hacia la ventana, con un
sonido metálico de sus ruedas, atropellando el pie de su cuidadora y escapando
de sus manos.
La mujer
lanzó un bufido ruidoso de frustración, pero ya era tarde.
Davor se
sumergió en un baño de luz intenso y reconfortante. — ¡Qué delicia, mujer! ¿No
lo ves? —exclamó con júbilo, esbozando una sonrisa de satisfacción. La luz del
sol era tan cálida e intensa, que nubló sus sentidos y, esa sensación de
libertad, fue algo que jamás había experimentado en toda su vida.
Fin.