La despedida
Esa mañana gris, el frío se colaba con insistencia en la
habitación de Esteban. La noche previa, había preparado todo cuidadosamente
para acometer la ingrata tarea que el patrón le encomendó.
El hombre, de 57 años, se levantó somnoliento y sin ganas de
trabajar. Los quejidos de dolor provenientes del establo cercano, como un
lamento persistente, le habían arrebatado el sueño por completo.
Tras mojarse la cara con agua fría y beber una taza de café,
se dirigió a la habitación contigua en busca de su vieja escopeta de doble
cañón. La tomó en sus manos y la sintió más fría que de costumbre.
Se abrigó con una desteñida chaqueta de invierno y salió de
casa con paso tranquilo rumbo a la cuadra.
Mientras caminaba, la nostalgia revivió en su memoria el
roce del viento al cabalgar aquel brioso animal, una cautivadora sensación de
libertad y complicidad. Toda una vida de trabajo y amistad entre el hombre
de campo y su noble compañero, quien ahora, anciano y enfermo, agonizaba en el
fondo de esa fría pesebrera.
Al acercarse más al establo, las oleadas de recuerdos y
sensaciones asediaron su mente y a ratos la duda lo embargaba. ¿Tengo
derecho a hacerlo? ¿Es un acto de piedad? No era la primera vez que usaba
su escopeta para poner fin al sufrimiento de otros, aunque ahora todo era
distinto.
Al ingresar al espacio demarcado con gruesos tablones, vio
al corcel echado en el suelo, con la cabeza gacha, respirando agitado y sus
costados hundiéndose. Se paró frente a él y lo contempló con tristeza. Su
fiel compañero, le devolvió una mirada dulce y lo saludó con un suave
relinchar. A Esteban le pareció que se alegraba al verlo, y creyó percibir en
esos ojos brillantes, una indescriptible sensación de paz.
Sin embargo, el hombre debía cumplir la orden del patrón. En
parte, lo consolaba el pensar que aquello era el mejor modo de ponerle fin a su
dolor. Apuntó la escopeta directamente a su cabeza, para luego cerrar los ojos.
Esta vez no era sencillo. Sus manos temblaron.
—Perdóname. —Susurró para sí, mientras tocaba el mecanismo
de disparo. Pero en ese instante, ya no solo eran sus manos, sino todo su
cuerpo temblaba. Desvió su arma y la soltó. Cayó de rodillas y se llevó las
manos a la cara. Aquel hombre de carácter duro y curtido por el trabajo del
campo, lloraba como un niño.
Permaneció con la cabeza gacha y los ojos cerrados por las
lágrimas durante eternos minutos hasta que escuchó un profundo resoplido y
luego un silencio frío. Al levantar la cabeza, vio a su compañero estirado
en el suelo en una pose serena y relajada.
Esteban se acercó y lo acarició con ternura. Sin embargo, su
mirada ya no despedía el brillo de antes y su respiración no se percibía. Su
cuerpo estaba frio e inmóvil. Pero al hombre que lo contemplaba, le pareció
percibir una cálida sensación de paz, y el consuelo de aquella visión resonaba
en su memoria, como un suave relinchar.
Fin.